Algunas habilidades crecen con los años. Otras se vencen.

Durante mucho tiempo hablamos de “habilidades blandas” como si fueran un complemento menor frente a las habilidades técnicas. Sin embargo, los cambios en el trabajo de los últimos años obligaron a revisar esa idea. La velocidad con la que cambian las herramientas, las tecnologías y los procesos hace que muchas competencias técnicas pierdan valor rápidamente. Como señala Sonia Malik, “las habilidades generalmente tienen una ‘vida media’ de aproximadamente cinco años, mientras que las habilidades más técnicas tienen solo dos años y medio” (Malik, 2020). En otras palabras: lo que hoy es una habilidad clave puede quedar obsoleto en muy poco tiempo.

Por eso Malik propone un marco útil para pensar el desarrollo profesional: distinguir entre habilidades perecederas, semiduraderas y duraderas. Las habilidades perecederas son aquellas que cambian con rapidez: herramientas tecnológicas, procesos específicos o sistemas propios de una organización. Las semiduraderas son marcos de conocimiento que evolucionan con el tiempo dentro de una disciplina. Y las duraderas constituyen la base más estable del desarrollo profesional: “una capa base de mentalidades y disposiciones” que incluye habilidades como pensamiento de diseño, gestión de proyectos, comunicación efectiva y liderazgo (Malik, 2020).

Esta clasificación permite replantear una discusión que suele simplificarse demasiado. Muchas de las llamadas “habilidades blandas” pertenecen, en realidad, al grupo de las habilidades más duraderas. No porque sean simples, sino porque son profundamente transferibles: funcionan en distintos contextos, roles e industrias. Saber analizar un problema, comunicar con claridad, sostener conversaciones difíciles, tomar decisiones en incertidumbre o coordinar trabajo con otros son capacidades que no dependen de una tecnología específica y que mantienen su valor incluso cuando cambian las herramientas.

Para explicar esta lógica, Malik propone pensar el desarrollo profesional como un árbol de habilidades. Las habilidades duraderas funcionan como las raíces; las semiduraderas como las ramas; y las perecederas como las hojas que cambian con las estaciones (Malik, 2020). Desde esta perspectiva, aprender nuevas herramientas es importante, pero el verdadero crecimiento ocurre cuando se fortalecen las raíces que permiten adaptarse a distintos cambios a lo largo del tiempo.

Esto tiene implicancias prácticas para cualquier persona que quiera pensar su desarrollo profesional. Capacitarse solo en habilidades perecederas puede generar resultados rápidos, pero también limita la capacidad de adaptación. En cambio, invertir en habilidades duraderas amplía las posibilidades de movimiento entre roles, proyectos e incluso industrias. No se trata de dejar de aprender lo técnico, sino de entender que su valor depende de la base sobre la que se construye.

En un mundo donde el trabajo cambia con rapidez, el desafío no es solo adquirir nuevas habilidades, sino aprender a cultivar un conjunto de capacidades que mantengan su valor a lo largo del tiempo. Cuidar las raíces del propio árbol de habilidades puede ser, hoy, una de las decisiones más estratégicas para cualquier trayectoria profesional.

Esta distinción también permite pensar el desarrollo profesional desde otro lugar: la diferencia entre aprender herramientas y desarrollar criterio. Las herramientas cambian, se actualizan y en muchos casos quedan obsoletas. El criterio, en cambio, es lo que permite decidir cuándo usar una herramienta, cuándo no, cómo adaptarla y qué problema vale la pena resolver. Por eso muchas de las llamadas habilidades blandas no son accesorias sino estructurales: sostienen la capacidad de pensar, decidir y trabajar con otros incluso cuando cambian los contextos, los métodos o las tecnologías.

Fuente:

Malik, S. (2020). Skill Transformation for the Workplace of 2021. Chief Learning Officer / Future of Work. 7 de diciembre de 2020.

Ps. Patricia Gascard | Nuevas etapas de trabajo